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Omar intentaba mantener la concentración. No era fácil. El cansancio se acumulaba en él como una ola a punto de romper en la orilla. Era el precio a pagar por mantener una atención constante al mundo que le rodeaba.

El traqueteo del vagón era como la oscilación del reloj del hipnotizador; constante, continuo, permanente. Junto a él, a una distancia suficiente para evitar el más ligero roce, se sentaba gente de toda condición; señoras que acudían al hospital central, trabajadores, estudiantes, jubilados, madres con niños pequeños que le miraban fijamente... "Los niños no entienden de convenciones" - pensó - "yo también miraba a los que eran diferentes a nosotros como si fueran marcianos".

Le sorprendía la cantidad de tecnología de la que disfrutaban aquellas personas; unos llevaban auriculares conectados a sus teléfonos móviles, otros estaban continuamente toqueteando sus pantallas. Muchos de quienes se sentaban a su lado leían algo en sus tabletas, aparatos a los que echaba vistazos furtivos de reojo, como el famélico mirá sin posibilidades al gordo con las manos grasientas que engulle una pata de pollo a grandes mordiscos. El por su parte siempre llevaba su libro. Tecnología antigua. Lo había encontrado tirado en un contenedor. Se titulaba "El silencio rojo". Tambien tenía un lapicerito de IKEA con el que subrayaba las palabras que no entendía. Un compatriota le dijo cuando llegó que esa era una forma de aprender más rápidamente el idioma. Las palabras que no entendía las consultaba luego en un diccionario que también encontró en la basura.

La verdad es que la basura era una gran fuente de abastecimiento. A veces encontraba ropa, otras veces algo de comida caducada, cartones grandes que le servían de colchón sobre la baldosa de esas salitas de cajeros automáticos de los bancos donde ocasionalmente dormía rodeado del dinero que jamás sería suyo. En más de una ocasión había acompañado a un amigo rumano que buscaba cosas metálicas que apilaba en un carrito de niño desvencijado, pero que éste tenía como su más valiosa posesión. "Si algún día encuentras uno de estos" - le dijo Constantín - "podríamos asociarnos y repartirnos unas cuantas zonas".

La voz de mujer distorsionada que anunciaba la siguiente parada le sacó de sus pensamientos y automáticamente volvió a su libro. Su libro era como una capa de invisibilidad. No era que los demás no lo vieran, que lo veían y bien que le miraban. Conseguía que el resto del pasaje desapareciera, evitaba todo tipo de confrontación visual, ocultaba su desesperación. Sabía que estaba atrapado. No podía volver a su tierra porque carecía de los medios para ello. No podía integrarse en este nuevo mundo porque no tenía papeles, así que tampoco tenía trabajo, y como no tenía trabajo no tenía papeles. El futuro era dentro de cinco minutos y no más allá. El pasado mejor no recordarlo porque quemaba como la marca que se pone a una res.

"Cogeremos un avión y pasaremos el fin de semana en la hacienda de Charles". Omar subrayó la palabra "hacienda". Le sonaba al verbo hacer pero no sabía exactamente a qué se refería; ya lo miraría luego.

"Joder menudo finde" - pensaba Jon - "Esa Cristina es una calientapollas de la hostia, me puso a cien la muy puta y al final muac muac hasta luego".

Se concentró de nuevo en el estribillo machacón a ritmo de reguetón. "Te quiero besar, te quiero abrazar, quiero toquetearte porque mujer te ves bien, te quiero azotar, te quiero perriar, quiero bellaquearte porque mujer te ves bien". Y se imaginó a sí mismo "bellaqueando" a Cristina mientras Cristina pedía más, como en el porno de internet. Una vibración en su móvil le advirtió de otro guasap entrante: "Las palabras son fáciles de olvidar, lo que cuesta olvidar es cómo te hicieron sentir a ti". Era Betty Gómez. Una chica con acné y gafas, más bien gordita, que se sentaba dos filas detrás de él en clase. "Qué pesada la tía esta" - se dijo - "Menos mal que ha elegido ciencias y el año que viene no la veré...". Por supuesto no le contestó.

Otro guasap: "Mañana unos litros en el Zubi. 6 p.m.". Era el Kevin. Su primera intención fue contestarle para confirmar la cita, pero luego pensó en la cara de su vieja cuando le dijera que tenía que salir, otra vez, a las cinco y media. Ya había suspendido cuatro y el examen de Filo era pasado mañana. Ya le habían dicho que como no se enmendara se había acabado el móvil, la paga y la calle. Calibró la situación un instante y respondió a Kevin confirmando la cita. Ya se buscaría él la vida para que al final las amenazas de sus viejos se quedasen en nada; su móvil no se lo iban a quitar ni de coña, estaríamos buenos; la pasta ya la pillaría del bolso de su vieja cuando se dormía con la telenovela y como no pusieran a los guardias de Guantanamo en la puerta de casa, nadie le iba a impedir salir. Siempre le quedaba la posibilidad de decir que iba a estudiar a casa de un amigo o la Biblio, que en casa no se concentraba. El rollo era tener que cargar con el libro de Filo toda la tarde. Parecería un pringao. Entonces se le ocurrió que podría dejarlo al salir en la antigua garita del portero, que ahora la comunidad utilizaba como lugar donde dejar un par de bicis y un cochecito de niño. Sí, lo escondería al fondo y luego sólo tendría que recogerlo a volver. "Ostia, si es que soy un crack" - pensó - "para que luego me llamen todo el rato tonto; mira cómo se lo hace el tonto".

En ese momento sintió que su cuerpo se sacudía por las vibraciones del vagón en una curva y apretó más fuerte su i-phone para evitar que se le resbalase. "Joder, mierda de metro". Miró a su alrededor y descartó inmediatamente a todos los que tuvieran más de veinte años. Se concentró en una universitaria morena que viajaba con dos amigas. Las chicas hablaban animadamente y de vez en cuando se les escapaba un gritito o una risa.

"Mierda; Paco". Roberto giró la cabeza rápidamente mirando hacia otro lado. "También es casualidad, justo hoy" - pensó - "a ver si me arreglan el audi de una vez. Llamaré en cuanto salga de aquí, que si no les metes caña...".

Roberto en realidad no viajaba en metro, pero hoy los puñeteros taxistas habían decidido hacer huelga y cualquier cosa antes que el autobús. Por suerte su destino estaba justo en la salida de la próxima parada. Giró la cabeza con precaución, como mirando a otro lado y en la esquina de su campo de visión percibió que Paco estaba girado de espaldas a él. "Bueno, no me ha visto" - recapacitó - "o igual me ha visto y me evita. En todo caso mejor así".

Su relación con Paco había durado doce años. Doce años en los que Roberto había sido su jefe. Paco le había hecho informes, contestado al teléfono, había reído sus chistes malos, se había comido marrones, habían compartido cenas de empresa, momentos de tensión, dificultades y alguna, no muchas, alegrías. "Desde luego, era mejor que la niñata que me han puesto. Una becaria, a mi. Tengo que enseñarle todo a esa lerda".

Recordó el instante en el que la cara de Paco se contrajo cuando le dijo que estaba despedido. Recordó sus frases inconexas; "Pero quién me va a contratar con cincuenta años... ¿cómo se lo digo a Lucía...?... ¿y el préstamo...?". Recordó que él no mostró ninguna empatía y se mantuvo distante, evitando de algún modo que toda aquella mala suerte que exudaba Paco le salpicase el traje.

No le dió ninguna explicación. Para qué, realmente todo eran cifras, números que calculaban el valor de salarios, cotizaciones, costos, rendimiento, conocimientos de idiomas... No era la primera vez que le tocaban este tipo de situaciones. Sabía que lo mejor era no implicarse de ningún modo. En todo caso ninguna explicación le hubiera servido a Paco, arrastrado por los brazos de la desgracia al pozo de los desheredados sin posibilidad de retorno. Además él no había decidido nada; un estudio de una asesoría externa había realizado la lista de los despidos en base a criterios científicamente contrastados. Nada que alegar, órdenes directas de arriba. La vida sigue.

La megafonía le advirtió que llegaba su parada, y dirigiendo su mirada a las puertas de salida, tomó el asa de su maletín, se incorporó y se puso en movimiento, intentando casi desesperadamente no tocar y no ser tocado. "Voy a llamar ahora mismo al taller..."

Gloria no se sentía bien. Esos mareos repentinos con ganas de vomitar, el cansancio constante que la abrumaba y la hacía desear estar en la cama y dormir, dormir, dormir...

Al principio, siendo como era una hipocondriaca, pensó en un cáncer, en todo caso en una enfermedad terminal con un largo final que la mantendría postrada durante años en una cama de hospital. Luego resultó que estaba embarazada. Al principio se sintió aliviada, incluso ilusionada. Se veía como una protagonista de uno de esos "realitis" de Divinity, en el que la futura contrayente elige su traje de novia. Se lo diría a Jorge y todo iba a ser un cuento de hadas.

La conversación con Jorge la destruyó. El negó que el hijo fuera suyo, la insultó, la hizo sentir una mierda y le dejó muy claro que no se verían más, que no le llamase ni le buscase. Se descubrió a sí misma sintiéndose culpable, como el protagonista de "El Proceso" de Kafka. ¿Qué iba a hacer ahora?.

Menos mal que ahora, al menos, había conseguido viajar sentada, ventajas de entrar en las primeras paradas. Si le hubiera tocado de pie no sabía si hubiera aguantado; demasiadas estaciones hasta llegar a su destino. Abrió el periódico gratuito que regalaban a la entrada y leyó el titular principal: "La polémica reforma del aborto de Gallardón". "Buen titular" - se dijo - "realmente este tío es un aborto".

Y pensó en Gallardón en su gran casa, con pasta, con hijos y una mujer perfecta, ministro, coche oficial, escoltas, invitado a todos los sitios, gastos pagados, dietas, viajes en primera clase, gastando a manos llenas el dinero de todos, trazando las líneas que distinguen el bien del mal. "¿Qué coño sabrá este tío de la vida de la gente normal?" - estalló - "y menos aún de las mujeres y sus circunstancias". Deseó que él y todos sus compinches vivieran el infierno de tener que sobrevivir en la realidad. Sin piso, sin trabajo, sin ayudas, sin sobres, sin futuro... Se imaginó a Gallardón como ella, embarazado, teniendo que fregar todas esas escaleras por una misera al mes sin contrato. Se lo imaginó dando a luz, viendo la cara de su hijo sin saber si al día siguiente podría alimentarlo, vestirlo, llevándolo con él a limpiar portales, sin madre...

Y ella, ¿qué haría?. 21 años y sin expectativas de un futuro mejor.  Recordaba las miradas de sus conocidos que la miraban como a un pajarito herido, como si en cada suspiro se les escapase la palabra "pobre...".  Y eso los que le querían porque por el barrio ya empezaban las habladurías. Y se acordaba de Jorge, aplastándola a cámara superlenta con un martillo gigante echo de odio y cobardía. ¿Qué haría?. ¿Podría elegir o ya era demasiado tarde y el ministro había decidido por ella?.

Cerró el periódico y trató de evitar esos pensamientos mirando por la ventanilla, dirigiendo su atención a la oscuridad de las paredes del túnel por el que discurrían a gran velocidad, hasta que tuvo la impresión de que eran las paredes las que se movían y no el vagón.

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