Cuentos :: El solitario Imprimir
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Y ya estaba solo otra vez.

Como un matojo arrancado de esos que ruedan en las películas de vaqueros en medio de la ciudad fantasma, cuajado del polvo que liberaba en cada giro para recogerlo de nuevo al tocar el suelo.

Y aún así pensaba en lo irónico de compartir el espacio del planeta con 7.000 millones de personas que parecían llevar la carga electrica idéntica a la suya de modo que sólo se producía repulsión. Por mucho que intentase el contacto nunca llegaba a tocar otra piel, como si algo le jalase en el momento justo del encuentro, como la expansión del universo que hace que todas las galaxias se alejen unas de otras cada vez a mayor velocidad expandiendo la brana infinita hacia un infinito aún mayor.

Debía haber algún culpable, algo que no hacía bien y por ello se examinaba a conciencia.

Quizá el olor corporal, un gesto involuntario inconsciente, se miraba entre los dientes, se peinaba hacia atrás, intentaba sonreir más pero como no se veía a sí mismo quizás fuera más una mueca extraña que una sonrisa.

Los ojos nunca mienten y los suyos eran fríos como el cero absoluto. Bonitos y tal, pero fríos al fin y al cabo.

Quizá era que su voz era desagradable pero él tampoco podía apreciarlo porque la reverberación del sonido en su cráneo hacía que su valoración no fuese objetiva.

Algo debía ser, pero nunca se atrevía a preguntar a los demás por miedo a que la respuesta fuese tan demoledora que borrase en un instante cualquier posible atisbo de esperanza, de la que aún conservaba un pequeño rescoldo al que de vez en cuando soplaba pero que ya no era más que una pequeña pelusa gris que se consumía a sí misma, a punto de agotar su combustible, con un puntito naranja que titilaba con desgana, como diciendo adios.

Salía a la calle y paseaba despacio en silencio, cruzándose con toda aquella gente a la que veía ir a pasos largos y rápidos, con sus bolsas de las compras y sus móviles inteligentes, con todo aquel extraño artificio con el que se disfrazaban para ser eso que imaginaban que eran; pelos teñidos, trajes elegantes, zapatos de punta, labios pintados, lentillas de colores, liposucciones que reducían sus cinturas pero no sus años, labios rellenos de veneno que hacían que se hincharan y perdieran su expresión.

A veces aceleraba el paso sólo para volver corriendo al agujero donde vegetaba y donde la presencia de las pocas cosas conocidas que todavía conservaba le devolvía algo de confianza y podía volver a respirar sin que el elefante de la angustia se le sentase sobre el pecho. Al menos no tanto.

La vida era un extraño puzzle, pero era evidente que le faltaban fichas. El creía que quizá las que le faltaban eran las que tenían los demás, pero nadie parecía querer jugar.

Todo era muy complicado, y el mero deseo que él albergaba de que fuera sencillo no hacía que la realidad, tozuda como es, cambiase para amoldarse a sus intereses.

Así que ahí estaba.

Solo.

Recordaba tiempos mejores, aquellos momentos salvajes de la juventud en los que la curiosidad y la empatía eran la moneda corriente de curso legal. Cuando todos nos medimos con todos para luego ir descartándonos y perdernos dentro de la espiral logarítmica de nuestra propia concha.

Exito. Qué curioso es el lenguaje y qué sutil. Sólo hace falta una ese para convertir "éxito" en "existo" como sólo hace falta un electrón para convertir el plomo en oro.

Miró el reloj y se alegró de que no faltasen más que cinco minutos para poder tomar su pastilla y que los monstruos de la razón se disiparan y dejasen de morderle fuerte con sus recriminaciones, la mayoría inventadas en su contra.

Llenó el vaso de agua, abrió la caja y leyó por enésima vez el prospecto que advertía sobre los posibles efectos secundarios que él nunca había sufrido.

Cogió el paquete de tabaco con cuidado para no ver esa boca llena de tumores con la que nos regalan por el esfuerzo impositivo extra que realizamos e inconscientemente leyó el otro lado de la cajetilla. En grandes letras de molde negras sólo dos palabras; "Fumar mata". Sonrió con desgana. Lo que mata es vivir. Cómo son estos perros, no te dejan ni a sol ni a sombra, y encima siempre es "Señor; sí señor".

La pastilla se la tomó con avidez, como un clavo ardiente al que hay que agarrarse para no seguir cayendo. Todavía tardaría un rato en incorporarse a su torrente sanguineo y de ahí al cerebro donde calmaría el holocausto de palabras negras rebotando y al menos volvería el silencio.

Pensó en encender la televisión, pero en seguida descartó la opción. Más mierda no, ya tenía bastante.

Puso algo de música, al menos la música encendía las luces del laberinto y alejaba al Minotauro. Podía soltar el cordel.

Rodrigo cantaba aquello de "No es todo tan bonito ni está tan embarrado, ¿aún te apetece irte?". No supo qué contestar, la pastilla debía estar haciendo efecto.

Así que aprovechó el impulso y se fue a la cama, mañana sería otro día, lo cual no significaba mucho pero era lo que había.

Y un día más se durmió para no recordar sus sueños.

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